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Estuve en #CacerolazoNacional

Fotografía: Andrea Mejía
Así como los niños arman una orquesta con cualquier objeto sonoro, nosotros fuimos por las calles caminando y chocando objetos de todo tipo: ollas, sartenes, olletas, cubiertos, recipientes de almuerzo, algunos eran viejos, otros recién comprados.

Cada quien a su ritmo dejaba que el ruido hablara del descontento, de nuestro país caótico, indignado e insólito de indiscutible origen campesino.

Nunca había visto tantas personas con ruanas campesinas en la ciudad. Había jóvenes, adultos, viejos, niños, modelos, punketos, LGBTI, comunistas, emputados, ciclistas, artistas, estudiantes de universidades de Bogotá y de la UPTC. Todos hijos, nietos o bisnietos de campesinos.

Éramos muchos caminando, corriendo y tocando sin compasión nuestros instrumentos, a veces con ritmo común a veces con ritmo individual. Tocamos las canciones de nuestra indignación actual y de la alegría de un país mejor, bailábamos al ritmo de cada quien.

Nunca había visto tanta solidaridad de la ciudad con el campo. Generalmente el campesino es ignorado, pero ahora los medios no pudieron ignorarlos, porque nosotros, los citadinos de todas las regiones hablamos y manifestamos nuestro a poyo a los campesinos a través de las redes, esos campesinos que han tenido que enfrentar una tras otra las vicisitudes del clima, la desigualdad y la constante lucha por la propiedad del territorio y el alimento.

Nadie quiere tener ollas sin alimentos, nadie quiere vivir en un campo arruinado, nadie quiere envenenarse por consumir alimentos con uso recurrente de químicos. Todos queremos vivir con dignidad, tener opciones de alimento y ser reconocidos como ciudadanos en nuestro propio país.

Por eso en esta noche fría dejamos la comodidad de nuestras casas y salimos a hacer bulla, porque nadie que tenga bondad en su corazón debe quedarse quieto y callado frente a la injusticia y la ruina de otros.

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