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Transmilenio: Aventura 2



Fui a la estación Marly a las 2 de la tarde, para transportarme por el famoso medio hacia el norte.

Cuando llegué había una fila inusual para pagar los pasajes y no había nadie atendiendo esa fila. La gente tenía el gesto característico de quien está perdido y no pregunta qué está pasando, así que fui a averiguar. Si la fila para pagar era grande, la de reclamos lo era aún más, la gente exigía que le devolvieran su dinero, ya que por protestas en el centro, de los dmgeístas ( de los que hablé en el artículo El misterio de las pirámides en Colombia), los transmilenios que hacían rutas hacia el centro y hacia el sur habían tenido que devolverse.

En medio de ese caos, supe que todavía tenía una oportunidad para llegar a tiempo a mi cita, así que hice la fila del pasaje, aprovechando que estaban atendiendo en la taquilla después de unos cuantos reclamos agresivos hechos a la cajera, por parte de hombres, principalmente.

Ya con la tarjeta en la mano ingresé al sistema. La estación estaba repleta, caótica, parecía hora pico, gente por todos lados, incluyendo a las personalidades que cargan siempre sus paquetotes que le estorban a todo el mundo.

Por fin quedé en una de las puertas de los servicios que me servían. Paraban buses y no abrían sus puertas, se oyó más de un "hijueputazo". Por fin un conductor se compadeció de nosotros y abrió las puertas del bus, entramos todos por el efecto "chupa", absorvidos por el bus con espacio.

Mi recorrido estuvo acompañado por el casi monólogo de una señora que había pasado varias penurias ese día, a la que se sumaba el dichoso paro. Iba con una niña y hablaba durísimo acerca de lo que opinaba de los manifestantes, decía que "estaban perjudicando al pueblo", que "¿quién los había obligado a invertir ahí? Nadie, ellos solitos lo hicieron por las ganas de tener más, por la ambición", también dijo "yo prefiero ganarme el pan con el sudor de mi frente, mantener a mis hijos, mi casa, con tener un techo, comida y a mis hijos bien a mí me basta". Sonreí.

Sus comentarios fueron bulliciosos, con visos de conformismo, pero llenos de humildad y sinceridad. Cuando la señora se fue a bajar en una estación la puerta no abrió y le tocó bajarse en otra con su hija de más o menos 10 años.

Avanzaba el bus y arreciaba la tormenta que llegó a su punto máximo cuando tuve que bajarme.

Llegué a la estación de la 106, diluviaba tanto, que tuve que sacar mi paraguas para no mojarme estando adentro.

Estuve ahí más de media hora, me desesperé y decidí llegar a mi cita con media hora de retraso.

Por fin llegué al sitio que estaba inundado, me atendieron y me fui nuevamente a la estación de transmilenio, pero esta vez tuve un trayecto más común.

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