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Transmilenio: Aventura 1

Hoy, como de costumbre, después de caminar media hora desde mi sitio de trabajo, ingresé al Sistema Transmilenio.

Creo que a todos nos ha sucedido que cuando estamos más o menos a 25 metros de la parada del bus, el que nos sirve ya está recogiendo los pasajeros y por más que corramos, no llegaremos jamás a tiempo para entrar. Así que entré con calma, esperé el siguiente bus y me subí, cogí el F14, un expreso que me lleva en menos de media hora a mi casa.

Siempre que me subo me ubico en sitios cercanos a la puerta para poder salir cuando llegue a mi destino, de lo contrario la cantidad de gente vuelve la salida una tragedia.

Y casi se vuelve tragedia lo que sucedió después.

En la siguiente parada subió mucha gente, en la siguiente después aún más gente, poco a poco empezó a faltarme el aire, alcancé a pensar que se debía a que había comido mucho y el pantalón me estaba apretando demasiado, tanto, que me hacía sentir asfixiada. Traté de tranquilizarme, "calma Nadia, no vuelvas esto una tragedia" me dije a mi misma.

Después de un tiempo en la siguiente estación Los Héroes, empecé a sudar y a sentir hormigueo en las manos. Después me estaba asfixiando... atiné a decirle a una señora que se encontraba al lado mio que me estaba faltando el aire que si le pedía a alguien que abriera la compuerta del techo, estaba abierta.

La gente empezó a notar mi malestar, ya casi no sentía mis manos, respiraba forzosamente.

Gente que estaba al lado mio empezó a gritar que por favor pusieran el aire acondicionado, pero el mensaje no se replicó en la parte delantera del bus, así que seguía sin aire.

Las ventanas abiertas, la compuerta también, las luces prendidas, pero no se sabía nada del aire acondicionado ni de los ventiladores del bus inmenso.

Un señor me cedió su puesto, mientras el trancón no dejaba que el bus avanzara y mis manos quedaban frías, tiesas, ajenas a mi cuerpo. Sentí angustia, estaba lejos de cualquier parada, no tenía a nadie conocido al lado mio y me faltaba el aire, pero debía estar tranquila.

Ya llegaba a mi parada, las piernas se me estaban durmiendo, las moví lo que más pude para que no les sucediera lo mismo. Una mujer joven me dijo que me tranquilizara, que respirara profundo y así podría salir. La escuché y puse en práctica su consejo.

Salí de ese bus repleto de gente, con las manos entumidas, parecía con parálisis grave, respiré profundo muchas veces, sentí el aire, caminé y respiré profundo nuevamente.

Usé el timbre de mi casa con cierta dificultad, mis manos empezaron a despertarse, mientras mi mamá abría la puerta y me saludaba. Miré mis manos y ya podía manejarlas nuevamente.

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